Entre surcos y pétalos dorados: la vida de don Joel, productor de flores en Tixtla
Redacción
Cuando el alba apenas comienza a pintar de luz las montañas de Tixtla, don Joel Tlalmanalco López ya está de pie. Su jornada arranca antes del amanecer y termina cuando el sol se despide entre los cerros. “Es momento de prepararse para irse a descansar”, dice con serenidad, mientras observa los surcos anaranjados que dan vida a su trabajo y a una tradición ancestral: la siembra del cempasúchil y la flor de terciopelo.
Desde los siete años, don Joel aprendió a trabajar la tierra. Con el paso del tiempo, ese oficio se convirtió en su vida. Hoy, con más de tres décadas dedicadas a la producción de flores, su parcela es un mosaico de color que anuncia la llegada del Día de Muertos.
A partir del 29 de octubre, el silencio del campo se rompe con el sonido de motores y voces. Son los comerciantes que llegan con sus camionetas para adquirir los rollos de flor que luego llenarán los mercados. Algunos vienen de municipios vecinos, pero la mayoría proviene de Chilpancingo, atraídos por la calidad y el color de las flores de Tixtla.
En la parcela, cada rollo se vende en 150 pesos, un precio justo para quienes cultivan con esfuerzo bajo el sol. En los mercados, el costo aumenta un poco, explica don Joel, porque hay que considerar el traslado y el tamaño de las flores. “La flor es más grande, más bonita, más fresca… y el follaje bien verde”, dice con orgullo.
Aunque su producción se distribuye principalmente en el estado de Guerrero, don Joel sueña con que sus flores viajen más lejos, hacia otros estados del país, llevando consigo el aroma del campo y el color de las tradiciones mexicanas.
Entre el terciopelo rojo y el cempasúchil dorado, don Joel encuentra el reflejo de su propia historia: una vida dedicada a honrar la tierra y mantener viva la memoria de los que ya partieron.










