Entre espinas y fe: la penitencia que resiste en Huixtac durante Semana Santa
Redacción
Foto: Luis Daniel Nava
Enclavado en la zona norte de Guerrero, el poblado nahua de Huixtac mantiene viva una de las expresiones religiosas más intensas de la Semana Santa, donde el sacrificio físico se convierte en acto de devoción.
Cada Viernes Santo, y desde hace más de un siglo, habitantes de esta comunidad perteneciente a Taxco de Alarcón participan en una ceremonia de penitencia que incluye la flagelación y la carga de pesados cactus cubiertos de espinas.
La tradición, transmitida de generación en generación, se realiza como una forma de pedir bienestar familiar y tranquilidad para el pueblo.
Mientras en la explanada principal se desarrolla la representación del juicio de Jesucristo, en la parte posterior del templo de la Santa Cruz un pequeño grupo de jóvenes se prepara en silencio. Descalzos y bajo el intenso sol del mediodía, son ayudados por familiares y vecinos que colocan cuerdas de ixtle alrededor de sus piernas y cintura, como parte del ritual.
Minutos después, coronas de ramas y collares de flores silvestres adornan sus cuerpos antes de recibir sobre la espalda y los brazos grandes cactus, cuyo peso supera los diez kilogramos. Las espinas se incrustan en su piel, provocando dolor que los penitentes resisten en silencio, algunos mordiendo cuerdas para soportar la intensidad del momento.
Uno de los penitentes que participa desde hace siete años, explicó que su motivación es pedir salud para su familia. Como él, otros habitantes asumen esta carga como una promesa espiritual, una forma de expiar culpas o cumplir mandas.
La procesión recorre poco más de un kilómetro, pasando por la llamada calle de la amargura hasta llegar al monte Gólgota, acompañada por cientos de fieles que avanzan con velas y flores en las manos.
Aunque en el pasado llegaron a participar hasta medio centenar de penitentes, actualmente la tradición muestra señales de debilitamiento. Este año, sólo cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, formaron parte del ritual.
La jornada concluye en el templo de San Andrés, en el corazón del poblado, tras aproximadamente una hora y cuarenta minutos de recorrido.
Huixtac, asentado entre montañas y caracterizado por sus calles empedradas y sinuosas, también conserva memoria de su historia de resistencia.










