Entre la pobreza y la cosecha: familias nahuas de la Montaña parten a Sinaloa como jornaleros

Pablo Maldonado

Mientras en las comunidades nahuas de la Montaña de Guerrero continúan las celebraciones religiosas con música de viento y cohetes, decenas de familias indígenas emprendieron este miércoles un largo viaje hacia los campos agrícolas de Sinaloa, en busca de ingresos que les permitan sobrevivir durante los próximos meses.

A las tres de la tarde, un grupo de 94 jornaleros y jornaleras de Chiepetepec, municipio de Tlapa, salió de su comunidad con destino a Culiacán, donde se incorporarán al corte de verduras chinas y chile.

El contingente está integrado por 53 hombres y 41 mujeres, además de 38 menores de edad: 21 niños y 17 niñas, quienes acompañan a sus familias durante la temporada agrícola.

Para muchas de estas familias, la migración temporal no representa una elección, sino una de las pocas alternativas frente a la falta de empleos, escuelas y oportunidades en sus comunidades de origen. La carencia recurrente de docentes y las condiciones de precariedad obligan a numerosas familias indígenas a buscar su sustento fuera de Guerrero.

Uno de ellos es Miguel, un jornalero nahua de 28 años, quien desde los 15 comenzó a acompañar a sus padres a los campos agrícolas. Actualmente suma 13 años dedicado a esta actividad y nuevamente se trasladó a Sinaloa con un contrato de siete meses con la empresa Golden Fields.

El trayecto desde Tlapa hasta los campos agrícolas puede prolongarse entre 30 y 34 horas. La empresa cubre los gastos de traslado y alimentación durante el recorrido.

Miguel viaja acompañado de su esposa y sus dos hijas, de nueve y dos años. Una vez instalados, la empresa les proporciona un espacio para vivir y acceso a servicios como atención médica, guardería y educación, además de una estufa y un tanque de gas para preparar sus alimentos.

Sin embargo, la permanencia en los campos implica largas jornadas. Miguel y su esposa trabajan entre siete y ocho horas diarias y sus ingresos dependen directamente de la cantidad de producto que consiguen recolectar.

Por cada caja pequeña reciben 15 pesos; las medianas son pagadas en 20 pesos y las grandes en 43 pesos. Cuando el pago se establece por libra, reciben apenas tres pesos por cada una, por lo que deben recolectar grandes cantidades para obtener un ingreso mayor.

Mientras ambos trabajan, sus hijas permanecen en la escuela y la guardería. Después de varios meses en Sinaloa, la familia regresa a Chiepetepec para descansar aproximadamente cuatro meses antes de emprender nuevamente el camino hacia los campos agrícolas.

Otro de los trabajadores es Santiago, de 39 años, quien lleva 17 años dedicado al trabajo jornalero. En esta ocasión viajó por primera vez al campo Buen Año, en Culiacán, donde permanecerá seis meses realizando labores de corte de chile.

En su caso, la remuneración también está condicionada a la producción. Cada caja tiene un peso de 22 kilogramos y la empresa paga 27 pesos por cada una que logra llenar.

Santiago sabe que la rapidez y la experiencia son determinantes para mejorar sus ingresos. «Los que trabajan lento casi no sacan, por eso trato de cortar muy rápido para que me rinda más», explicó.

Así, mientras en Guerrero las comunidades celebran sus fiestas patronales, otras familias hacen maletas y emprenden una travesía de más de un día para incorporarse a los surcos de Sinaloa.

La migración jornalera se convierte año con año en un ciclo difícil de romper: regresar a la comunidad durante algunos meses y volver a los campos agrícolas cuando inicia una nueva temporada.

Para los adultos representa una forma de obtener ingresos; para muchos de los menores que los acompañan, significa crecer entre traslados, escuelas temporales y jornadas agrícolas de sus padres, lejos de las condiciones que les permitirían construir otras alternativas de vida.

Ni las festividades, los fenómenos naturales ni las dificultades del camino detienen este flujo de familias indígenas. Cuando llega la temporada agrícola, nuevamente toman sus pertenencias y emprenden el viaje hacia los campos donde su ingreso depende, literalmente, de cuánto logren cortar durante cada jornada.

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